El fenómeno vital humano tiene dos caras – la biológica y la espiritual – y está sometido, por
tanto, a dos poderes distintos (José Ortega y Gasset)
Siempre que vemos el mundo desde una perspectiva con consciencia nos vamos a dar cuenta
de que el hombre es dominado por ideales. Ellos son los que le dicen como tienen que
caminar, vestir y hasta hablar, los ideales han marcado al hombre.
Para romper ese molde, tenemos que ser «mentes abiertas», hablando de forma coloquial. Con esto no quiero decir que haya que creer en todo lo que nos digan, sino ser objetivos con lo que piensan los demás y también con lo que pensamos nosotros mismos, ya que la diversidad de pensamiento es, en particular, una de las cosas que más me gustan de este tránsito que llamamos vida.
Me gustan estos temas cuando se pueden debatir sanamente, respetando el pensamiento de la otra persona y entendiendo que los demás también se rigen por una verdad esencial, al igual que uno mismo. Sin embargo, hay quienes creen poseer una verdad absoluta y, en el fondo, se sienten vacíos, pues necesitan de una motivación externa para lograr todo aquello que se proponen.
Debido a los ideales que nos han invadido por mucho tiempo, y por la manera en que unos
defienden los suyos, me he dado cuenta de que los libros sagrados, tales como «La Biblia, El Corán, El Libro Mormón, e incluso el más antiguo de todo, los textos Vedas», defienden esencialmente los valores que rigen a la humanidad, como la verdad, la esperanza, pero por encima de todas ellas el amor.
¿Qué pasaría si el mundo fuera dirigido por gobernantes que viven en este mundo por amor?
La vida sería otra. La ciudadanía y la convivencia serían distintas: veríamos al otro como un verdadero pariente, como parte de un todo; seríamos un colectivo, ya que nos miraríamos a través del alma. Como diría el autor de El principito: «Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos».
Me he dado a la tarea de trasladarte una de las citas que me enseñó mi abuelo cuando era pequeño, allá por 1999 (contaba yo con apenas 7 años). Mi abuelo me decía: «Oye, nieto, cuando entiendas esta cita te darás cuenta de que los ideales son el mayor obstáculo del hombre; que el amor hacia uno mismo te ayudará a expandir ese amor hacia los demás, porque quien se conoce internamente conoce a Dios».
«Son como árboles plantados a la orilla de un río,
que siempre dan fruto a su tiempo.
Sus hojas nunca se marchitan,
y prosperan en todo lo que hacen»
Salmos 1.3
Son como árboles plantados a la orilla de un río: Cuando somo seres que estamos dormidos, todo nos importa poco; podemos caminar por la vida con un plan de vida, pero sin un propósito de vida. Todo esto se debe a que no nos hemos detenido a pensar quienes somos, por qué estamos aquí, y qué sentido tiene el vivir, o que diferencia hay entre existir y vivir.
Cuando descubrimos todo esto, nos damos cuenta de que dentro de nosotros yace un universo que se renueva constantemente y que, cada vez, va produciendo millones de estrellas. Como dijo Jung: «Quien mira desde el interior sabe que todo es nuevo».
Por eso al conocernos de manera objetiva y concisa nos damos cuenta de que el mundo es una
maravilla en su pensamiento, y que nuestro destino es conocerlo, y cuando lo logramos nos
sentimos en el lugar correcto tal como aquel árbol plantado junto a la orilla del río.
Siempre dan fruto a su tiempo: Las personas que conocen la diferencia entre vivir y existir saben que vivir es su propósito, aunque tengan que admitir que, en ocasiones, experimentan la existencia de una forma cercana al existencialismo del filósofo francés Jean-Paul Sartre. Pero cuando volvemos a un estado de consciencia natural, nos damos cuenta de que son los ideales los que nos invaden y que, por ello, nos sentimos temerosos.
Por eso cada vez que estemos en ese vaivén de pensamientos, te aconsejo que los respetes. He
escuchado a algunos amigos psicólogos que dicen que tenemos que respetar la naturaleza del
pensamiento, ya que ellos, así como vienen, se van. Me parece una teoría bastante acertada,
para llevarla siempre en práctica.
Nunca reprimas ni maldigas lo que piensas. La vida da constantes giros, y los frutos que
coloques en este mundo son los que primeros salen de tu pensamiento.
Sus hojas nunca se marchitan: Hagas lo que hagas, mientras tengas claro que el punto más importante es conocerte internamente a ti mismo, todos tus proyectos podrán florecer. Llegados a este punto, ya debo de parecer un predicador con falta de estudios teológicos, pero quiero que sepan que no soy teólogo ni tampoco es lo mío predicar. Sin embargo, sí considero necesario comunicarles esto, ya que muchos terminan perdiendo la esperanza en sí mismos.
Tu hoja nunca se marchitará, este quiero que se quede grabado en las tablas de tu corazón, y
que lo atesores en tu memoria, ya que cuando te sientas vacío y lleno de temor, recuerda que
el mayor de los privilegios ya lo tienes y es haber descubierto que eres Dios, si tal como lo lees.